Quizás por el nombre de Oswieçim no seais capaces de ubicar el lugar del que vamos a hablar. Pero si os digo que Oswieçim es el topónimo original polaco, que en alemán se dice Auschwitz, seguramente ya sepáis todos de que se trata. Todos sabréis que Auschwitz es sinónimo de horror, de barbarie, de uno de los episodios más tristes de la historia de la humanidad.

Foto: mgrimpho

Hace ya más de sesenta años que los diversos campos de exterminio que hubo en Oswieçim fueron abandonados, pero aún hoy conservan ese aura de lugar terrible. En la actualidad se pueden visitar dos de ellos. El campo de Auschwitz integrado en el casco urbano de Oswieçim, y el campo de Auschwitz-Birkenau, a escasos kilómetros.

El primero de ellos se ha convertido en un enorme museo, donde se recorren barracones del campo de concentración, y ahí se ven trágicos recuerdos de la época: fotografías, kilos de cabello cortado a los presos, sus gafas, dientes, etc. En definitiva, es una visita tétrica, en la que se visualiza a través de esos objetos el horror que se vivió en este campo de concentración, uno de los principales que hubo repartidos por la Europa nazi, y el más grande de los que se construyeron en Polonia, situado muy cerca de la impresionante ciudad de Cracovia.

Foto: mgrimpho

El segundo de los campos, el de Birkenau, es menos expositivo, pero muchísimo más evocativo, o sea, mucho más salvaje ya que toda la información de lo que aquí aconteció nos llega por los sentidos, viendo los restos dinamitados de las cámaras de gas, caminando sobre los raíles en los que llegaban vagones repletos de judíos, oliendo la madera rancia de los barracones donde los hacinaban y degustando una enorme tristeza. Ninguna película sobre el Holocausto, por muy bien hecha y documentada que esté, es capaz de transmitir las emociones de esas ruinas, todavía rodeadas por alambre de espino.

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