Algunas impresiones de una ciudad armónica y de una belleza austera, cuyo pulso vital está marcado por parques verdes, canales, puentes y mercados.

Junto a los bucólicos canales de la ciudad holandesa circulan pocos autos y más de 600 mil bicicletas. Además, en la naranja mecánica que lideraba Johan Cruyff no podía haber futbolistas que jugaron con el puño apretado. La frase es sin dudas una exageración que un colega afirmó como un argumento demoledor de la idiosincrasia futbolística holandesa y, acaso, de todos los holandeses.

Y más que una anécdota reveladora tiene que ser un mito, pero cuando uno escucha entre los canales y la belleza genial pero austera de la capital holandesa suena a verdad de perogrullo. Es difícil abstraerse de esa pretensión estética, de esa tranquilidad y ese civismo. Todo eso se respira al caminar unos pocos días por las calles de Amsterdam.

En la capital de Holanda todo funciona y tan bien que, llegado un turista argentino a la ciudad cuesta acostumbrarse a los cruces peatonales. Más de un distraído incluso -que nunca es holandés- puede poner su vida en peligro con tranvías que avanzan a menos de 20 kilómetros por hora.

Incluso no está bien interrumpir innecesariamente el fluir constante de las ciclovías holandesas. No son bicisendas, nada tienen que ver con sus análogas porteñas, porque ni siquiera hay que buscadas: están por todas partes, siempre cargadas pero nunca congestionadas.

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